La entrada se produjo mediante la compra de A&B Oil and Gas, compañía que posee 49% de la empresa conjunta Petrolera Roraima. El 51% restante permanece en manos de Petróleos de Venezuela, la petrolera estatal conocida como PDVSA. Los términos económicos de la transacción no fueron revelados, por lo que todavía no puede evaluarse si Fluxus adquirió el activo con descuento ni cuánto capital tendrá que comprometer para desarrollarlo.
El proyecto se encuentra en la Faja Petrolífera del Orinoco y reúne campos que fueron operados por ConocoPhillips antes de la expropiación de sus activos venezolanos en 2007. La apuesta de los Batista consiste en recuperar producción en una zona con grandes recursos, pero que también exige inversiones, infraestructura para tratar crudo pesado y un marco jurídico suficientemente estable.
Según fuentes citadas por Bloomberg, Fluxus y PDVSA buscarían elevar la producción de Petrororaima desde aproximadamente 30,000 barriles diarios hasta 120,000 barriles diarios en cinco años. Alcanzar esa meta implicaría cuadruplicar el volumen actual, una expectativa relevante, aunque todavía no constituye una previsión pública y garantizada de la empresa.
Fluxus amplía una estrategia energética que ya alcanzó Bolivia y Argentina
La operación refuerza la diversificación de J&F, el grupo privado controlado por la familia Batista. Aunque su negocio más conocido es JBS, uno de los mayores procesadores de carne del mundo, la familia también participa en sectores como energía, finanzas, celulosa e infraestructura.
Fluxus ya produce gas natural en Bolivia y durante 2025 avanzó en Argentina mediante activos ubicados en Vaca Muerta. En ese caso, asumió compromisos iniciales de inversión por 21.3 millones de dólares para reactivar pozos y modernizar instalaciones en la provincia de Neuquén. Venezuela representa un movimiento de mayor riesgo, pero también una oportunidad para acceder a campos con una base de recursos considerable.
La lectura empresarial es que Fluxus intenta convertirse en un productor regional de petróleo y gas, no limitarse a mantener participaciones financieras. Si asume el control operativo de Petrororaima, tendrá que aportar capacidad técnica, capital y disciplina de ejecución para recuperar instalaciones que han sufrido años de baja inversión.
Para los accionistas de JBS conviene mantener una distinción importante: la adquisición fue realizada por Fluxus, integrada en el grupo J&F, y no se anunció como una compra de JBS. Compartir propietarios no significa que los activos, la deuda o los resultados de ambas compañías se consoliden automáticamente. Sin información adicional, no debe presentarse la operación petrolera como una inversión directa de la empresa cárnica cotizada.
La producción puede crecer, pero el proyecto exige capital y acceso a mercados
Petrororaima produjo alrededor de 32,000 barriles diarios durante parte de 2024, después de que A&B recibiera derechos de exploración y producción por 25 años. El proyecto cuenta con instalaciones diseñadas para transformar el petróleo pesado en un crudo más ligero y comercializable, una infraestructura clave para alcanzar volúmenes mayores.
El objetivo de 120,000 barriles diarios representa una oportunidad material, pero no permite calcular por sí solo la rentabilidad. Todavía faltan datos sobre inversión de capital, costos operativos, estado de los mejoradores, precio de compra, financiación y condiciones comerciales para exportar la producción.
También existe una diferencia entre recuperar barriles y convertirlos en flujo de caja. Fluxus necesitará vender el crudo, cobrar las exportaciones, mantener las instalaciones y operar bajo licencias compatibles con las restricciones estadounidenses. Fuentes cercanas a la operación sostienen que la empresa considera que la transacción cumple con las autorizaciones de la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, pero Fluxus y PDVSA no han publicado documentación detallada sobre ese análisis regulatorio.

El principal riesgo sigue siendo la seguridad jurídica en Venezuela
La operación ocurre durante una reapertura del sector petrolero venezolano que ha despertado interés entre compañías independientes e inversionistas internacionales. Venezuela produce actualmente alrededor de 1.2 millones de barriles diarios, lejos de los más de tres millones registrados en la década de 1990.
Esa brecha muestra el potencial de recuperación, pero también la magnitud del deterioro acumulado. La infraestructura, el acceso a financiación, la disponibilidad de equipos y la estabilidad de las reglas serán determinantes. Las empresas extranjeras también deben valorar el historial de nacionalizaciones y las posibles modificaciones de las sanciones estadounidenses. Reuters señaló en enero que varias grandes petroleras mantenían cautela, mientras operadores regionales más pequeños evaluaban entrar antes de que desaparecieran las oportunidades disponibles.
Para un lector en México, la operación tiene relevancia principalmente por su impacto potencial en la oferta regional de crudo y por la expansión de un grupo brasileño con presencia internacional. No existe, por ahora, un efecto directo confirmado sobre producción, empleo o inversión en México.
Lo que cambió es que los Batista dejaron de estar únicamente posicionados alrededor del proyecto y pasaron a controlar, mediante Fluxus, la empresa propietaria de 49% de Petrororaima. El riesgo abierto continúa siendo la capacidad de financiar y ejecutar la recuperación bajo reglas regulatorias y políticas que pueden cambiar. Fluxus tendrá que demostrar que puede convertir reservas y objetivos de producción en barriles comercializables, caja y rentabilidad sostenible.









