Fitch Ratings publicó el 20 de julio su actualización trimestral sobre sostenibilidad fiscal. La agencia calcula que el endeudamiento de los gobiernos desarrollados crecerá 4.2 billones de dólares este año y equivaldrá a 104% de su producto interno bruto. Hace dos décadas era de 26 billones, o 68% del PIB.
El dato relevante no es únicamente el récord. La fotografía interna muestra una acumulación muy concentrada: las diez mayores economías desarrolladas reunirían 69 billones de dólares, equivalentes a 114.5% de su PIB conjunto. Estados Unidos vuelve a ocupar el centro por el tamaño de su déficit y por el peso de sus bonos como referencia mundial.
Estados Unidos concentra buena parte del aumento de la deuda
Fitch prevé que Estados Unidos cierre 2026 con un déficit público cercano a 7.8% del PIB, unos 2.5 billones de dólares. Después aparecen Francia, con 5%; Reino Unido, con 4.8%; Alemania, con 3.7%; y Japón, con 3.1%. No todos parten del mismo nivel ni enfrentan la misma capacidad de financiamiento, pero la dirección es similar: los gobiernos siguen gastando más de lo que recaudan.
La agencia identifica dos fuerzas. La primera es la sucesión de choques que elevó el endeudamiento desde la crisis financiera global: la crisis de deuda europea, la pandemia, la invasión rusa de Ucrania y el conflicto entre Estados Unidos e Irán. La segunda es más difícil de revertir porque responde a presiones permanentes, como defensa, envejecimiento de la población, adaptación climática e intereses más altos.
En Europa, por ejemplo, Fitch estima que el gasto en defensa podría aumentar en promedio 0.6 puntos porcentuales del PIB entre 2025 y 2029. Al mismo tiempo, una mayor proporción de deuda debe refinanciarse a tasas superiores a las que prevalecieron durante la etapa de dinero barato. Esa combinación reduce el margen fiscal incluso cuando la economía no está en recesión.
El riesgo para los mercados está en los rendimientos, no solo en el monto
Más deuda implica más bonos en circulación, pero no significa automáticamente que sus precios caerán o que habrá una crisis. La respuesta depende de la demanda de inversionistas, la inflación, las decisiones de los bancos centrales y la confianza en cada gobierno. El punto que debe vigilar el mercado es cuánto rendimiento exigirá para absorber una oferta creciente.
El 21 de julio, el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a diez años se ubicó en 4.63%, mientras el de 30 años alcanzó 5.13%, según el Departamento del Tesoro. Fitch añadió que los rendimientos a diez años de los principales mercados, aunque habían retrocedido desde sus máximos durante el conflicto entre Estados Unidos e Irán, permanecían 51 puntos base por encima de los niveles previos.
Cuando los bonos gubernamentales ofrecen retornos más altos, las acciones compiten con una alternativa de menor riesgo crediticio. Esto puede presionar especialmente a compañías con valoraciones elevadas o beneficios esperados a largo plazo. Por eso, quienes tienen exposición al S&P 500 desde México deben mirar no solo el nivel del índice, sino también la trayectoria de las tasas largas y el costo de capital que enfrentan las empresas.
La OCDE calcula, además, que gobiernos y compañías acudirán a los mercados por alrededor de 29 billones de dólares en 2026, frente a 27 billones en 2025. El volumen no implica un problema inmediato si existe suficiente demanda, pero sí eleva la competencia por el ahorro global y hace más sensible al mercado ante sorpresas de inflación, déficits mayores o subastas débiles.
Qué significa para México y los inversionistas locales
El impacto para México es indirecto, pero relevante. Los bonos del Tesoro funcionan como referencia para buena parte del precio del dinero en el mundo. Si sus rendimientos permanecen altos, otros emisores —incluidos gobiernos y empresas de mercados emergentes— pueden verse obligados a pagar más para atraer capital. El FMI ha documentado que las tasas de las economías avanzadas influyen en la emisión y los flujos de deuda emergente.
Ese canal también alcanza a las carteras. Un inversionista puede reducir exposición a mercados emergentes si encuentra rendimientos competitivos en deuda estadounidense, lo que puede generar episodios de volatilidad en bonos, acciones y monedas mexicanas. No significa que el S&P/BMV IPC deba caer automáticamente ni que el peso tenga una dirección asegurada; la reacción dependerá también de Banxico, la inflación local, las finanzas públicas mexicanas y el apetito global por riesgo.
Banxico mantenía su tasa objetivo en 6.50% desde la decisión del 25 de junio. La diferencia frente a las tasas estadounidenses sigue siendo una referencia importante para los flujos, aunque no es el único factor. Para quienes acceden a mercados internacionales mediante ETFs desde México, el escenario exige distinguir entre el riesgo del activo, la duración de los bonos y el efecto del tipo de cambio.
Fitch proyecta que la deuda estadounidense podría subir a 131.5% del PIB en 2030, desde alrededor de 120% en 2026. Japón seguiría con la proporción más elevada del grupo, cerca de 192%, pese a una ligera reducción. Son trayectorias de varios años, no una señal para una sesión concreta.
El récord de 75.8 billones importa menos como cifra aislada que como aviso sobre la oferta de bonos, los intereses y la capacidad fiscal. Para México, la señal decisiva será si esa deuda adicional mantiene elevados los rendimientos globales y encarece el financiamiento de los mercados emergentes. Eso debe confirmarse en las próximas subastas, en la inflación y en la reacción de los flujos, no en un solo titular.









