Las pérdidas eléctricas cuestan más de lo que parece
La electricidad no llega íntegra desde las centrales hasta los consumidores. Una parte se pierde físicamente en cables, transformadores y subestaciones. Otra desaparece por conexiones irregulares, medidores alterados, errores de facturación o energía que se consume, pero no se cobra.
El Banco Interamericano de Desarrollo estima que las pérdidas eléctricas cuestan a las empresas distribuidoras de América Latina y el Caribe entre 9,600 y 16,600 millones de dólares al año, equivalentes a entre 0.19% y 0.33% del PIB regional. La cifra se calculó con información de autoridades, empresas eléctricas y organismos internacionales, principalmente correspondiente al periodo 2015-2019.
Ese rango es mayor que los 7,000 millones de dólares difundidos en algunos contenidos promocionales sobre modernización de redes. No se encontró una fuente primaria que permita sostener esa cantidad como una estimación regional vigente ni afirmar que toda podría recuperarse únicamente mediante tecnología digital.
El dato debe leerse con contexto. El BID calculó que, durante las últimas tres décadas, la región perdió alrededor de 17% de la electricidad generada. Sin embargo, la información más reciente del Banco Mundial coloca las pérdidas de América Latina y el Caribe cerca de 14% de la producción eléctrica en 2024, frente a alrededor de 6% entre los miembros de la OCDE.
La diferencia sigue siendo amplia. También muestra por qué no conviene mezclar datos de periodos distintos para presentar una fotografía aparentemente actual.
Qué pueden resolver las redes digitales
La digitalización puede ayudar a detectar dónde se pierde energía y cómo corregir el problema. Medidores inteligentes, sensores, automatización de subestaciones y sistemas de monitoreo permiten conocer casi en tiempo real cuánto entra en una red, cuánto se entrega y dónde aparece una diferencia anormal.
Ese diagnóstico facilita localizar equipos sobrecargados, anticipar fallas, ajustar voltajes y detectar consumos no registrados. También puede reducir el tiempo necesario para restaurar el servicio después de una interrupción.
La tecnología, sin embargo, no elimina automáticamente todas las pérdidas. Las fallas técnicas pueden requerir sustituir transformadores, reforzar líneas o construir infraestructura. Las pérdidas no técnicas exigen además inspecciones, regularización de conexiones, mejora de la cobranza y una relación más sólida entre empresas eléctricas y usuarios.
Tampoco sería económicamente razonable intentar llevar las pérdidas a cero. Toda red tiene un nivel inevitable de pérdida física. El objetivo consiste en reducirlas hasta un punto técnicamente viable y donde el ahorro obtenido justifique la inversión, no en prometer que puede recuperarse cada dólar perdido.
El caso de Panamá suele presentarse como ejemplo de modernización. Un estudio de un proveedor de conductores eléctricos señala que ETESA utilizó equipos de mayor eficiencia sobre torres existentes y que su regulación permite conservar ingresos adicionales cuando las pérdidas de transmisión bajan de 4%. El caso ilustra el papel de los incentivos y de la infraestructura, aunque sus resultados no pueden trasladarse automáticamente al resto de la región.

México ya reconoce el problema en su planeación eléctrica
Para México, la discusión no se limita al costo de la energía desperdiciada. Una red con poca capacidad o escasa flexibilidad también puede retrasar nuevas plantas, limitar proyectos renovables y dificultar la conexión de parques industriales.
El BID calculó que las pérdidas eléctricas mexicanas representaban entre 0.05% y 0.18% del PIB, aunque se trata igualmente de una estimación basada en información anterior y no de una medición actualizada para 2026.
El Programa de Desarrollo del Sistema Eléctrico Nacional 2024-2038 ya incluye medidas para reducir pérdidas técnicas y avanzar hacia una red eléctrica inteligente. Entre ellas aparecen la operación remota, la automatización de redes de distribución, la ampliación de medidores avanzados, el balance de energía y la modernización de sistemas de control y comunicación.
CFE Distribución también informó que durante 2023 obtuvo 4,597 millones de pesos por energía recuperada, una señal de que mejorar la medición y regularizar consumos puede producir beneficios financieros concretos. Esa cifra no representa todas las pérdidas del sistema ni permite calcular por sí sola cuánto podría recuperarse en los próximos años.
La lectura para México pasa por la capacidad de ejecutar esas inversiones. Digitalizar equipos sin reforzar líneas congestionadas dejaría parte del problema intacto. Construir infraestructura sin mejorar medición, mantenimiento y operación también limitaría los resultados.
Por qué importa para empresas y hogares mexicanos
Las pérdidas no aparecen necesariamente como un cargo separado en el recibo de luz, pero alguien absorbe su costo. Puede reflejarse en mayores necesidades de subsidios, presión sobre las finanzas de las empresas eléctricas o menos recursos disponibles para ampliar y mantener la red.
Para las empresas, una red más eficiente puede significar menos interrupciones, voltajes más estables y mayor certidumbre para instalar nueva capacidad productiva. Esto es especialmente relevante para industrias intensivas en electricidad, centros de datos y proyectos ligados a la relocalización de cadenas de suministro.
Para los hogares, el efecto depende de cómo se financien las inversiones y de si los ahorros realmente se trasladan al sistema. Modernizar una red puede reducir fallas y costos operativos, pero no garantiza por sí solo una disminución inmediata de las tarifas.
La Agencia Internacional de Energía advierte que América Latina necesita redes más confiables e interconectadas. Aunque la inversión regional en energía limpia ha aumentado, los apagones asociados con fenómenos extremos han expuesto vulnerabilidades que afectan con mayor fuerza a los hogares de menores ingresos.
El punto clave está en evitar una falsa disyuntiva entre construir más generación y modernizar las redes. México necesita ambas. Una nueva central aporta poco si la electricidad no puede transportarse con seguridad hasta donde crece la demanda.
La región tiene una oportunidad importante de reducir pérdidas, pero no existe evidencia suficiente para afirmar que la digitalización recuperará automáticamente 7,000 millones de dólares al año. El resultado dependerá de inversión física, regulación, mantenimiento, medición, cobranza y capacidad institucional. Lo que debe vigilarse ahora es cuánto de la planeación eléctrica mexicana se convierte realmente en obras, equipos y mejoras verificables.









