Banxico cambió la guía, no su mandato
La Junta de Gobierno mantuvo por unanimidad la tasa de referencia en 6.50% el 24 de septiembre, por tercera reunión consecutiva. La pausa era ampliamente esperada, pero el comunicado sí modificó una parte importante de la señal hacia adelante. En agosto, Banxico consideraba apropiado mantener la tasa en su nivel actual; en septiembre eliminó esa orientación y señaló que sus próximas decisiones dependerán del proceso desinflacionario, el traspaso del tipo de cambio, la holgura de la economía y las expectativas de inflación.
El cambio llegó después de que la Reserva Federal elevara 25 puntos base su tasa el 16 de septiembre, hasta un rango de 3.75% a 4.00%. Banxico fue explícito: las condiciones macroeconómicas de México y Estados Unidos son distintas, por lo que la política monetaria mexicana no tiene que replicar mecánicamente los movimientos de la Fed. Eso no vuelve irrelevante a la Reserva Federal: una tasa estadounidense más alta estrecha el diferencial entre ambas referencias, un factor que puede quitar apoyo al peso, aunque el USD/MXN también responde al crecimiento, la inflación, los flujos financieros y el riesgo global.
La inflación mexicana, además, no ofrece una señal de “todo resuelto”. En la primera quincena de septiembre, la inflación general anual subió a 3.42%, mientras la subyacente bajó a 3.79%. Banxico mantiene la previsión de que la inflación general converja a 3% en el cuarto trimestre de 2027 y considera que el balance de riesgos sigue sesgado al alza. Entre esos riesgos incluyó nuevamente una tendencia a la depreciación del peso.
El dólar ya se encareció, pero Banxico no fijó un nivel de alarma
El movimiento del tipo de cambio ya es visible. El cierre interbancario del 28 de septiembre fue de 17.9445 pesos por dólar, frente a 16.9971 al cierre de agosto. Eso supone una depreciación del peso cercana a 5.6% en menos de un mes. Frente al cierre del 21 de septiembre, la pérdida ronda 4.2%. Son movimientos relevantes, pero por sí solos no significan que Banxico tenga que subir la tasa.
Victoria Rodríguez Ceja, gobernadora de Banxico, explicó en una entrevista publicada el 28 de septiembre que la depreciación observada desde la reunión anterior no representa presiones adicionales a las ya incorporadas en las proyecciones de inflación. Señaló como elementos relevantes el bajo traspaso cambiario, las condiciones de holgura de la economía y la credibilidad del banco central. También recordó que el peso todavía se encontraba apreciado frente a los niveles de inicio de año y de marzo.
Ese matiz es central. Ni el comunicado del 24 de septiembre ni las declaraciones de Rodríguez establecen una “línea roja” en 18, 18.50 o 19 pesos por dólar. Convertir cualquiera de esos niveles en un gatillo automático sería atribuir a Banxico una regla que no ha anunciado. El nivel importa, pero también la velocidad y persistencia de la depreciación y, sobre todo, si termina pasando a los precios.
La prueba real es el traspaso del dólar a los precios
Una depreciación puede encarecer bienes importados y los insumos denominados en dólares que utilizan empresas mexicanas. El siguiente paso es saber qué proporción de ese aumento de costos llega al consumidor y durante cuánto tiempo. Ese es el traspaso cambiario que Banxico incluyó expresamente entre los factores que observará antes de tomar nuevas decisiones sobre la tasa.
La propia investigación del banco central ha encontrado un traspaso históricamente bajo hacia los precios al consumidor en México, aunque el efecto cambia según las circunstancias. Un documento de Banxico de 2019 encontró que puede ser mayor cuando el peso se deprecia que cuando se aprecia y que aumenta cuando la economía crece por encima de su tendencia. El contexto actual es distinto: Banxico sigue identificando holgura en la economía, un factor que puede limitar la capacidad de las empresas para trasladar íntegramente sus mayores costos al consumidor.
Por eso, un dólar más caro no equivale automáticamente a una nueva ola inflacionaria. La señal sería más incómoda para Banxico si la depreciación persistiera, comenzara a reflejarse en mercancías y otros componentes sensibles a importaciones y, además, empujara al alza las expectativas de inflación. En ese escenario, la discusión monetaria podría cambiar aunque el banco central siguiera sin copiar mecánicamente a la Fed.
Qué debe vigilar México antes de la próxima decisión
Las expectativas son una de las variables capaces de convertir un movimiento cambiario en un problema más persistente. En la encuesta de Banxico de agosto, la mediana de la expectativa de inflación general para los próximos uno a cuatro años se ubicó en 3.80%, por encima de la meta puntual de 3%. El comunicado de septiembre también señaló que las expectativas de mayor plazo permanecen estables, aunque en niveles superiores a la meta. Que el peso se debilite no significa que vayan a subir, pero vuelve más importante comprobar que sigan ancladas.
El calendario ofrece referencias concretas. El 8 de octubre se publicarán tanto la inflación mensual de septiembre del INEGI como las minutas de la decisión de Banxico. Después, la Fed se reunirá el 27 y 28 de octubre, mientras la siguiente decisión de Banxico está programada para el 5 de noviembre. Esos datos ayudarán a distinguir entre una depreciación de mercado y un movimiento que empiece a modificar la trayectoria de inflación.
Lo que cambió el 24 de septiembre fue el mensaje: Banxico dejó claro que no necesita replicar mecánicamente a la Fed. Lo que no puede afirmarse es que exista un tipo de cambio exacto que obligue al banco central a reaccionar. La prueba ahora está en si el dólar caro persiste, se traslada a los precios y altera las expectativas. Mientras eso no ocurra, el peso puede ser una señal de riesgo sin convertirse automáticamente en una decisión de tasa.








